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Opinión

El Debate de la Reforma Electoral

¿Quién defiende realmente la democracia? 

Por Oscar Miguel Rivera Hernández

¡Hola, amigas y amigos que nos siguen! Hoy hablaremos de un tema que ha generado mucha polémica: la Reforma Electoral. Como era de esperarse, la oposición ha reaccionado con enojo, pues siente que sus privilegios podrían verse afectados. Para ellos, la democracia ha sido un negocio, y por eso critican sin leer, rechazan sin entender y descalifican sin argumentos. Lo único que han demostrado es miedo al cambio y una negativa a evolucionar, a pesar de que el pueblo exige un sistema político más justo, más austero y verdaderamente representativo.

Durante años, los partidos políticos han manejado el sistema electoral a su conveniencia. Un ejemplo claro son los diputados y senadores plurinominales, es decir, aquellos que llegan al Congreso sin haber sido votados directamente por la gente. En lugar de representar a los ciudadanos, muchos de ellos solo defienden los intereses de sus partidos o de pequeños grupos de poder, por eso es necesaria una reforma electoral.

Y en la reflexión de mi amigo Gustavo Pozos, con la cual coincido, quien tiene el gusto por los números, los cuales no mienten; el sistema de plurinominales ha permitido que partidos con poco respaldo en las urnas obtengan una representación desproporcionada en el Congreso. Morena, al ser el partido más votado, tiene más plurinominales en términos absolutos, pero el caso más escandaloso es el de Movimiento Ciudadano (MC), que solo logró 1 diputado por mayoría, pero tiene 26 plurinominales. ¿Cómo puede un partido que la gente casi no eligió directamente terminar con tantos legisladores? El PAN y el PRI no se quedan atrás: el PAN tiene 31 diputados de mayoría y 40 plurinominales, mientras que el PRI, con apenas 10 de mayoría, cuenta con 26 más por listas. Esto demuestra que los plurinominales no son un mecanismo de “equilibrio democrático”, sino un premio para partidos que no logran ganar elecciones limpiamente.

También cuestionaba con el buen amigos Gustavo ¿qué pasa si eliminamos por completo los plurinominales? Sin ellos, los contrapesos podrían debilitarse y un solo partido dominante podría controlar todo el Congreso, reproduciendo los excesos del viejo régimen priista. La verdadera discusión no debería ser “eliminarlos o no”, sino cómo reformar el sistema para que esos escaños sean para verdaderos representantes ciudadanos. Una opción sería asignarlos a los segundos lugares más votados, no a listas impuestas por las cúpulas partidistas. Así, la diversidad política dependería de la voluntad popular, no de negociaciones oscuras.

En 1977, durante el gobierno de José López Portillo, se hizo una reforma importante. Se estableció que la Cámara de Diputados estaría integrada por 300 diputados electos por mayoría relativa (es decir, los más votados en sus distritos) y 100 por representación proporcional (los que entran por listas partidistas), que ya después se convirtieron en 200. Sin embargo, hoy vemos que esos 200 lugares no siempre los ocupan los más preparados o los que tienen más apoyo ciudadano, sino personajes como Ricardo Anaya, “Alito” Moreno, Marko Cortés o Lily Téllez, que nunca han pisado las colonias populares ni saben lo que la gente realmente necesita.

Una verdadera reforma pudiera ser con 100 plurinominales, pero estos deberían asegurar que esos 100 diputados fueran los segundos lugares más votados, es decir, aquellos que, aunque no ganaron en su distrito, demostraron tener apoyo ciudadano. Así, en lugar de ser un premio para los amigos de los partidos, serían un reconocimiento a quienes realmente trabajan por la gente.

Pero ¿Qué propone la nueva reforma? La presidenta Claudia Sheinbaum y su equipo, entre ellos el experimentado Pablo Gómez, han planteado cambios importantes: Eliminar los plurinominales; esperando que todos los legisladores sean elegidos directamente por el pueblo, no por listas partidistas, reducir el financiamiento a los partidos que hoy, los partidos reciben millones de pesos, incluso en años sin elecciones. Es injusto que, en un país con tanta pobreza, se gaste tanto dinero en mantener estructuras políticas. Evitar la reelección de diputados y senadores: Para respetar el principio de “sufragio efectivo, no reelección”, que fue una de las grandes demandas de la Revolución Mexicana y también esta reforma contempla reducir el número de consejeros electorales: Pasar de 11 a 7, y que sean elegidos por votación popular, como ya sucede con los jueces. En pocas palabras, estas propuestas buscan que la política deje de ser un negocio y se convierta en un verdadero servicio a la gente.

¿Por qué se oponen los partidos? Los partidos tradicionales (PAN, PRI, PRD) y hasta algunos aliados de Morena (como el PVEM y el PT) no quieren perder sus privilegios. Ellos se han beneficiado por años del dinero público y de los cargos sin tener que ganar elecciones. Por eso gritan “peligro” y “retroceso”, pero en realidad el único peligro es para sus intereses.

La oposición dice que esta reforma “afecta la democracia”, pero en realidad lo que afecta a la democracia es que unos cuantos decidan quienes nos gobiernan sin consultar al pueblo. La verdadera democracia es que la gente elija directamente a sus representantes, no que los partidos repartan cargos entre sus amigos.

Esta reforma no será fácil de aprobar, porque los partidos que se benefician del sistema actual harán todo lo posible para detenerla. Pero si algo hemos aprendido en los últimos años es que, cuando el pueblo se organiza y exige cambios, es posible lograrlos.

Necesitamos un sistema electoral más transparente, donde el dinero público se use para ayudar a la gente, no para mantener a los partidos. Donde los legisladores sean elegidos por su trabajo, no por sus conexiones políticas. Donde la democracia no sea un negocio, sino un verdadero reflejo de la voluntad popular.

Esta reforma es un paso en esa dirección. Por eso, más que escuchar a los que gritan sin argumentos, debemos informarnos, debatir con seriedad y exigir que nuestros representantes actúen por el bien de México, no por el de sus partidos o intereses personales.

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