Por Gustavo González Godina
El día 3 de noviembre del año 2026 me pasó algo raro, curioso, yo diría que interesante. Escribo esto al día siguiente, miércoles 4 de noviembre, para que no se me olvide.
Antes debo decir que mi amigo “El Sherif” -así le decíamos en la secundaria, hace 58 años, a José Jiménez González- de profesión filósofo ahora y encargado hasta hace poco de una biblioteca universitaria donde siguió leyendo y ordenando libros hasta que se hizo viejo como yo (ahora solo los lee y da conferencias sobre la Revolución Cristera); me dijo hace unos tres o cuatro años, un día que lo visité en “su” biblioteca, que el espíritu puede salir de nuestro cuerpo, desprenderse y viajar por el tiempo y el espacio, y volver a ocupar su lugar poco después, que eso pasa o puede pasar estando nosotros vivos, y también cuando alguien se muere y regresa algunos segundos -o incluso minutos- después, y cuando el cuerpo que habita muere definitivamente, aunque en este caso ya no regresa al mismo, sino tal vez a otro luego de mucho tiempo, solo tal vez… nadie lo ha comprobado.
Al respecto el doctor Manuel Sans Segarra, destacado médico español, ex jefe de cirugía digestiva del Hospital Universitario de Bellvitge (en Barcelona), quien ha investigado numerosos caso de Experiencias Cercanas a la Muerte en pacientes que fueron declarados clínicamente muertos y posteriormente reanimados, sostiene que la muerte no existe, que es sólo el paso de una dimensión a otra, y propone la existencia de una supraconciencia o campo de energía NO local que trasciende al cerebro, al cuerpo físico y al tiempo, apoyándose en conceptos de la física cuántica. Como se puede ver, es algo parecido a lo que trató de explicarme mi amigo “El Sherif”, aunque éste llama simplemente espíritu a esa supraconciencia de la que habla el doctor Segarra, tal vez para no enredarme…
También debo decir antes, que desde hace algunos años deseaba yo que me ocurriera algo extraordinario, algo raro, si fuera posible paranormal, para convencerme de que es correcta la teoría de mi amigo de la secundaria y ahora filósofo Jiménez González, y de lo que después me enteré de lo que propone el médico Sans Segarra.
(Aunque ya narré en alguna ocasión la aparición del difunto Leonardo Alcalá a mi prima Socorro Delgado, a quien le dijo dónde había dejado un dinero enterrado, lo que comprobamos mi hermano, mi compadre y yo yendo a buscar dicho tesoro; pero aquello solo sirvió para convencerme de que no todo termina con la muerte, que hay algo después de ésta. Está en mi libro “Como les iba diciendo”).
Bueno, pues la noche del 3 de noviembre del 2026 me ocurrió algo raro. Me propuse dormir a como diera lugar, porque llevaba varias noches sin hacerlo bien, incluso ya me sentía un poco mal de la cabeza. El día anterior, 2 de noviembre, me levanté con un zumbido en ambas orejas, me medí el nivel de azúcar en la sangre y no era eso, no estaba tan elevado; le pedí a mi esposa que me midiera la presión y tampoco, estaba normal, así que a media mañana me dije: ¡Ah chingao! entonces ¿por qué me zumba la cachumba? Empecé a darle vueltas al asunto y al fin le encontré -según yo- una explicación: Ah pues es por la fecha (2 de noviembre), cuando las calaveras salen de su tumba. No es cierto, era solo una broma para explicar por qué la noche del martes 3 quería yo dormir a como diera lugar.
Lo que no es broma es lo siguiente: Como a las 11:30 p.m. apagué el televisor después de ver dos noticieros, uno nacional y otro local, y me quedé quieto en una misma posición, tratando de obligar a mi mente a dejar de pensar, concentrándome en que no quería saber nada de nada, solo dormir, y como dos horas después de intentarlo empecé a tener una sensación rara, extraña, yo diría que interesante…
Sin pensar en nada más, yo sabía que estaba consciente, o semiconsciente, pero que no podía dormir, sentía que mi cuerpo no estaba totalmente sobre la cama, como que había momentos -o instantes- en que partes del mismo se despegaban de ésta; yo trataba, según yo conscientemente, de obligar a la totalidad de mi cuerpo a permanecer pegado a la cama, porque solo así me podría dormir, pero algo, que no sé explicar qué, trataba de separar parte de mi persona de mí… y así transcurrió calculo que una hora más, hasta que cerca de las 3 de la mañana me pude dormir.
Pero lo más interesante es lo que soñé. Fue un sueño muy placentero, muy agradable, muy reconfortante… Soñé que estaba yo recién llegado a la ciudad de Xalapa, de donde me habían llamado para ofrecerme un nuevo empleo en el que ganaría más que en el periódico Ocho Columnas en el que trabajaba como corresponsal en Tepatitlán, Jalisco. Llegamos a la capital del estado de Veracruz mi esposa y un servidor con dos niños pequeños. Muy pobres, con muchas limitaciones, había alquilado yo un departamentito muy pequeño, uno de esos que llaman “cuarto redondo”, en el que solo cabían dos camas, una mesa y enseres de cocina para comer ahí mismo…
En mi sueño transcurrió una parte de mi vida, de mucho esfuerzo pero muy provechosa. Recuerdo perfectamente los detalles, llegaba yo a cerca de donde estaba ubicado el cuarto que le describo, en una azotea, a bordo de un auto de mi amigo Víctor Murguía y en compañía de otro amigo llamado Ismael “el Cone”, ahí nos bajábamos ambos del carro en un punto de la avenida Ruiz Cortines, desde donde se alcanzaba a ver el letrero de la tienda Chedraui que hay por el rumbo…
De ahí “el Cone” caminaba hacia su casa y yo en sentido contrario hacia el cuarto redondo en el que me esperaban mi esposa y los dos niños. Yo le entregaba un puñado de monedas para completarle dos mil pesos a mi esposa, que le tenían que alcanzar para el gasto de una quincena… Me sentía yo angustiado por la falta de dinero, pero curiosamente los niños, siendo tan pequeños aún, parecían comprender la situación, la niña, más chica que el niño, me decía “no te preocupes papá, todo va a salir bien”.
Y en efecto, en el mismo sueño las cosas mejoraron al poco tiempo, tanto que la empresa compró un automóvil nuevo para que lo usara yo y no perdiera tanto tiempo viajando en el transporte urbano… Fue un sueño gratificante, porque efectivamente eso sucedió en la vida real, aunque inicialmente en el Puerto de Veracruz a donde llegamos por primera vez, pero todos los demás detalles, los que le cuento y muchos más, ocurrieron en mi sueño en Xalapa, quizás porque fue ahí donde cambió mi vida para bien, no lo sé…
Al día siguiente desperté feliz a las 5:30 de la mañana, y me levanté sin haber dormido casi, pero feliz por lo que soñé y sin el dolor en la cintura que me atormenta cada mañana. Una hora después me fui a caminar los 5 kilómetros que recorro diario como ejercicio, y aquí estoy, escribiendo lo que me pasó anoche para que no se me olvide…
Mientras caminaba yo por la pista del parque lineal, a la orilla del Río Tepatitlán, me preguntaba qué sucedió, ¿sería esto la cosa extraordinaria que yo deseaba que me pasara para creerle al “Sherif”?, ¿logró finalmente mi espíritu salir por unos minutos de mi cuerpo para hacer y mostrarme un recorrido en el tiempo y el espacio, de esa parte de mi vida?
No lo sé… yo creo que sí. Se lo contaré a mi amigo filósofo “el Sherif” para ver qué opina, igual y refuerza su teoría, que Él basa sobre todo en la lectura de San Agustín. Voy a seguir deseando que me suceda algo raro otra vez y ya se lo contaré.



































































