Desde los 14 años frente a un grupo y durante más de seis décadas, Luz María Aguirre Navarro formó a generaciones de tepatitlenses. Falleció a los 93 años dejando una historia que comenzó con un pequeño pizarrón y terminó convertida en parte de la memoria de Tepatitlán.
Tenía apenas seis años cuando su padre le regaló un pequeño pizarrón. Quizá nadie imaginaba entonces que aquel regalo terminaría marcando el rumbo de toda una vida.
Luz María Aguirre Navarro, “La Prieta Aguirre”, comenzó jugando a ser maestra y terminó dedicando más de seis décadas a la enseñanza, convirtiéndose en una de las educadoras más recordadas y queridas de Tepatitlán.
Falleció a los 93 años, dejando detrás mucho más que una larga trayectoria en las aulas: quedan generaciones enteras de alumnos que aprendieron con ella a leer, escribir, hacer cuentas y, como recuerdan quienes pasaron por sus salones, también a enfrentar la vida.
Nacida el 6 de enero de 1933 en Tepatitlán de Morelos, su vocación apareció desde la infancia. Ella misma relató años después que a los seis años ya enseñaba a los hijos de los trabajadores del rancho La Arena.
Para 1947, cuando tenía apenas 14 años, comenzó a impartir clases en Plan de Adobes, entonces en las afueras de Tepatitlán. Aquellas primeras aulas estaban muy lejos de parecerse a una escuela como las conocemos ahora. En sus inicios cargaba su pizarrón, buscaba dónde colocarlo y enseñaba a niños que se acomodaban como podían.
Así comenzó una historia que se extendería durante 65 años.
Una maestra para todos
Hablar de La Prieta Aguirre es hablar también de una época distinta de la educación en Los Altos.
Hubo años en los que una sola maestra debía hacerse cargo simultáneamente de niños de distintas edades y grados. Las carencias eran muchas y los grupos, numerosos.
Uno de sus antiguos alumnos todavía lo recuerda con asombro:
“Éramos 35 o 40 por grupo y ella solita para segundo, tercero, cuarto, quinto y sexto”.
Con La Prieta aprendieron desde las primeras letras hasta operaciones matemáticas que algunos de aquellos niños continuarían utilizando muchos años después.
“Nos enseñó quebrados, divisiones, raíz cuadrada, números decimales…”, recuerda el exalumno.
La disciplina era estricta, propia también de una forma de enseñar que perteneció a otra época. Él mismo recuerda los regaños y castigos que entonces provocaban enojo entre los niños. Con los años, sin embargo, su percepción cambió.
“En ese momento nos enojábamos mucho con ella, pero ahora comprendemos lo grandiosa que fue. Gracias a ella somos lo que somos”.
Ese recuerdo resume buena parte de la huella que dejó.
La Prieta Aguirre abrió las puertas de sus aulas a niños de distintas condiciones económicas y circunstancias personales. Testimonios y reconocimientos realizados a lo largo de los años destacan que no hacía distinciones y que recibió incluso a alumnos que difícilmente encontraban espacio en otros lugares.
Su manera de entender la educación trascendía los libros. Para ella, formar significaba también preparar personas capaces de desenvolverse dentro de su comunidad.
Y quienes fueron sus alumnos terminaron convirtiéndose en padres, abuelos, profesionistas, trabajadores y ciudadanos que, décadas después, seguían hablando de “La Prieta” como si el tiempo transcurrido desde aquellos salones hubiera sido mucho menor.
El mismo exalumno que recuerda la dureza de sus clases explica hoy lo que considera la enseñanza más importante:
“Tratamos de ser buenos padres… ahora ya soy abuelito”.
Una vida ligada a Tepatitlán
Su presencia tampoco quedó limitada a las aulas.
A lo largo de su vida participó en distintos ámbitos de la comunidad tepatitlense y estuvo involucrada en actividades sociales y públicas. También tuvo una faceta particularmente cercana al deporte: fue tesorera del Club de Futbol Tepatitlán A.C., institución a la que apoyó y de la que fue una apasionada impulsora.
Su trayectoria magisterial fue reconocida en distintas ocasiones.
Un documento conservado por ella, fechado el 16 de mayo de 1988, reconoce su labor magisterial “por la educación al servicio del pueblo” y deja constancia de una carrera que para entonces ya acumulaba cuatro décadas.
Treinta años después, en abril de 2018, el Colegio de Profesionistas de la Educación la incluyó entre los “Pilares de la Educación. Los Maestros de Jalisco”, reconociendo su historia profesional y las experiencias compartidas con la sociedad.
En 2019 recibió la Presea al Mérito “Carlos Canseco González”, entregada por el Club Rotario Tepatitlán Solidarios en reconocimiento a su trayectoria en beneficio de la educación de Los Altos.
Ese mismo año, durante el 12º Gran Festival y Comida del Maíz, recibió el reconocimiento Teocintle “Grano de Dios”, otra distinción que guardó entre los testimonios de una vida dedicada a enseñar.
Pero probablemente ningún diploma, placa o presea explique por completo lo que significó para Tepatitlán.
La verdadera dimensión aparece cuando hablan sus alumnos.
“Si volviera a nacer, volvería a ser maestra”
La Prieta Aguirre se jubiló en 2012. Habían transcurrido 65 años desde aquellas primeras clases de 1947.
Dejó las aulas, pero nunca dejó de ser “la maestra”.
Tras conocerse su fallecimiento, Tepatitlán comenzó a despedir no solamente a Luz María Aguirre Navarro, sino a “La Prieta”, como la llamaron durante décadas alumnos, compañeros y amigos.
En las afueras de su casa se realizó un último homenaje. Hasta ahí llegó la Banda de los Siervos del Señor de la Misericordia para acompañar el momento en que su féretro emprendió el último recorrido.
Era la despedida de una mujer que comenzó cargando un pizarrón para enseñar donde pudiera y que terminó dejando su nombre escrito en la historia educativa de Tepatitlán.
Los salones cambiaron. Las escuelas cambiaron. También cambiaron las formas de enseñar.
Sus alumnos crecieron, tuvieron hijos y algunos ya cargan a sus nietos.
Pero más de seis décadas frente a las aulas dejaron algo que difícilmente desaparece con el paso del tiempo: la memoria de una maestra que hizo de enseñar su manera de vivir.
Luz María Aguirre Navarro, “La Prieta Aguirre”, 1933-2026.