Por Oscar Miguel Rivera Hernández
La política mexicana es un teatro donde cada quien representa su papel. Pero últimamente, el show principal lo están dando los priistas, principalmente Alejandro Moreno Cárdenas, conocido mejor como “Alito” Moreno, el líder del PRI. No para de viajar a Washington para denunciar una supuesta dictadura en México. Dice que hay persecución, que hay censura y que el gobierno es un “narcopartido”. Sin embargo, el problema más grave es que no presenta pruebas y, por lo tanto, su discurso no hace eco entre los ciudadanos, porque sus acciones son contrarias a lo que pregona.
El líder priista está muy preocupado por la concentración del poder, tanto que ya hizo tres viajes a Washington este año para pedir ayuda internacional en contra del gobierno de Morena y hasta de los consejeros del INE. La verdad, da la impresión de que Alito está más preocupado por sus asuntos personales y los de su partido. Y esto no es nuevo: de acuerdo con información publicada, el dirigente lleva al menos dos años pidiendo que Estados Unidos intervenga en México.
Y aquí lo interesante es que, mientras él anda de “paladín de la libertad”, la realidad ha tocado su puerta. Hace unos días detuvieron a Luis Antonio Espinoza, el contador de las empresas de su hermano Emilio, acusado de desviar al menos 36 millones de pesos. Además, se investigan pagos por 97 millones a una televisora en Campeche, que él fundó durante su gobierno. Y la respuesta de este señor se ha centrado en decir que es una “cacería” contra la oposición, un acto de terrorismo judicial.
Esto es el colmo de su cinismo, porque para él todo es una conspiración. Si el INE le ordena retirar una publicación en la que calumnia, es “censura”. Si le investigan su patrimonio por un desvío de 83.5 millones de pesos, es “autoritarismo”. Y si detienen al contador de su hermano, es una “dictadura”. Es su disco que se torna a escuchar rayado, pero que suena más falso que un billete de un millón de pesos.
Pero analicemos su hipocresía: Alito Moreno habla de “dictadura” y “concentración de poder”, pero él mismo modificó los estatutos de su partido para reelegirse y poder controlarlo hasta el 2032. Quiere quedarse en el PRI hasta que se muera. Acaso, ¿no es contradictorio? Acusa al gobierno de querer acaparar el poder, mientras él hace lo mismo que critica en su propio instituto político.
El INE, que según él es un instrumento de censura, le ordenó retirar publicaciones donde acusaba a Morena de ser un “narcopartido” sin tener pruebas. Y claro, como no le gustó, se fue a Washington a pedir que sancionen a los consejeros. Pero lo más patético es que él mismo se amparó para que la gobernadora de Campeche, Layda Sansores, no hablara de él. O sea, si otros son censuradores, pero si él quiere callar a alguien, es completamente válido.
Y para colmo de los colmos, no solo se queja, sino que también manda a sus porros a amedrentar a diputados y senadores. No es la primera vez: el año pasado, él, Rubén Moreira Valdez y Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla golpearon a un asistente del Senado cuando iban contra Gerardo Fernández Noroña. Y esta semana repitieron esta acción, ahora contra el diputado Arturo Ávila, nomás porque se atrevió a hablar en tribuna sobre los problemas que tiene Alito Moreno.
No es la primera vez que un político usa este mismo mecanismo: echarle la culpa al otro para tapar sus propias transas. Si a un político se le investiga, no siempre es persecución. A veces, simplemente tiene que rendir cuentas. Y Alito Moreno, que quiere ser el líder de la resistencia, tiene más sombras que luces.
El líder del PRI es el que más se ha querido meter entre las sábanas de Estados Unidos, convertido en un “vendepatrias”. Acusa al gobierno de vínculos con el narco, pero sin mostrar un solo papel que lo compruebe. La presidenta Claudia Sheinbaum ya le contestó: “Hay mucha hipocresía en la derecha”. Y no le falta razón. El propio gobierno de Estados Unidos ya clasificó a los cárteles como terroristas, y Alito aplaude, sin pensar en el daño a la soberanía nacional. Parece que prefiere ser un personaje secundario en Washington que un líder de verdad en México.
Es el clásico caso de “piedra que tira, mano que esconde”. Alito Moreno tiene todo el derecho del mundo de denunciar al gobierno que sea. Pero también tiene la obligación de responder por lo que pasa en su casa y por cómo ha manejado su partido. Mientras él ande de viaje, el PRI se queda sin rumbo y él se aferra al poder con uñas y dientes.
Si de verdad está tan preocupado por la dictadura, no necesita otro viaje a Washington. Le bastaría con compararse frente a un espejo. Ahí va a encontrar a un hombre que quiere perpetuarse en el poder, que cambia las reglas a su favor y que, cuando la ley lo alcanza, se esconde detrás de una cortina de humo llamada “persecución política”.