Por Oscar Miguel Rivera Hernández
Esto no es un chisme, es la cruda, putrefacta y sangrante realidad del poder. Los archivos de Epstein no son solo papeles, son el mapa de una verdad, una verdad, donde las élites, los que nos gobiernan, los que tienen el dinero y la influencia, jugaban con la vida de niñas y mujeres como si fueran unos juguetes.
En noviembre de 2025, el Congreso de Estados Unidos, acorralado por el escándalo, aprueba la “Ley Files Transparency”. Obligaba al Departamento de Justicia a soltar todos los papeles. ¿Su reacción? Hacerse los sordos. El plazo de 30 días venció y no publicaron nada, tuvieron que llegar a diciembre, con la presión política, para soltar el primer lote, con prisas y errores que hasta revelaron nombres de víctimas.
Pero lo más vomitivo vino después de liberar 3.5 millones de páginas, vino la confesión a medias, solo el 55% del total. El fiscal a cargo, Geoffrey Berman, decidió “resguardar” el otro 45%. Un consejo independiente (el “Special Master”) los acusó de no cumplir con la ley de transparencia. ¿Lo entiendes? Ni siquiera la propia ley que ellos mismos tienen es suficiente para romper el pacto de silencio.
¿Y qué hay en esa mitad que se dio a conocer? El mapa de la impunidad, no son solo listas de vuelos, son correos que hablan de “relaciones institucionales”. Es el lenguaje aséptico con el que el poder esconde su podredumbre. Jeffrey Epstein no era un bicho raro marginado. Era el conector oficial, el caballero de la corte de los millones que unía dinero, política y crimen en reuniones de “filantropía” y cenas en la ópera.
Entre los nombres que revelan estos documentos están; Clinton, Trump, Gates, Musk. Y sí, ojo aquí, México no es ajeno. Los papeles señalan, también a María Asunción Aramburuzabala (invitada a la ópera por sus “redes de inversión”), Carlos Salinas de Gortari (mencionado por “relaciones institucionales”), Ricardo Salinas Pliego, José Antonio Meade, que aparecen en contextos de negocios, de encuentros bilaterales, de esa vida social de altísimo vuelo.
¿Prueba de un delito? No, aún no, pero es la prueba irrefutable de la complicidad ambiental. Mientras a Epstein lo investigaban por la trata de menores más escandalosa del siglo, nuestra élite financiera y política seguía tratándolo como un par válido para hacer negocios y cultivar “contactos”, normalizaron a ese personaje nocivo.
Mientras en México y América Latina los ejércitos y policías se desangran en los cerros persiguiendo al crimen organizado “de a pie”, los capos de traje y corbata que podrían haber lavado el dinero de esta red, o facilitado sus contactos, asistían a óperas. Como dijo un analista: “Hemos concentrado todo el trabajo de seguridad en combatir redes en los cerros… mientras las grandes cúpulas están en su yate conviviendo con los criminales que están buscando en el campo.”
La guerra no es contra el crimen, es contra los pobres, a los poderosos, incluso cuando sus nombres aparecen en los expedientes de un pedófilo, se les “resguarda” información, se les invita a declarar cuando quieran, se les trata con guantes blancos. El Departamento de Justicia de Estados Unidos hoy no tiene a nadie más investigado activamente por el caso Epstein, solo sueltan papeles a cuentagotas, esperando que el escándalo se apague.
Esto no termina, apenas comienza. Estos 3.5 millones de páginas no una conclusión, es el comienzo, son la mitad de la verdad, son el mapa para seguir exigiendo.
¿Qué hay en el resto? ¿Qué nombres se protegen? ¿Qué grabaciones, qué transacciones, qué crímenes?
Epstein está muerto, pero su “legado” es la foto más clara de un mundo donde una élite global, intocable y soberbia, opera en una zona gris donde los crímenes más atroces son solo un inconveniente para sus negocios. Y donde la justicia, lenta, cansada y corrupta, llega solo hasta donde los dueños del dinero se lo permiten.
No es “politiquería”, es justicia, porque si un pobre roba un pan va a la cárcel, si un poderoso destruye la infancia de cien niñas, ¿recibe una multa y un abrazo?
No nos distraigamos con guerras, con aranceles, con discursos de odio, el corazón de la corrupción no está en la frontera, está en las suites presidenciales, en las islas privadas, en los jets donde se cometieron atrocidades.
La verdad de Epstein es la llave que puede destapar la cloaca del poder global. No la dejemos escapar. Por las víctimas. Por la justicia. Porque si esto queda impune, significa que ellos realmente pueden hacerlo todo. Y eso es un mundo en el que no quiero vivir.