Opinión

Reflexiones amorosas

“¿No debías, pues, tú también tener compasión de tu compañero, puesto que Yo me compadecí de ti?” (Mt. 18, 30) 

                       La misericordiosa caridad de Cristo sin límite.                      

                                                                                                                             Antonio Fernández

Para comprensión de la parábola: “El hombre sin entrañas”. El Señor misericordioso y caritativo da en ella una luz de esperanza, a la vez es advertencia y prevención al descubrir el velo que esconde la incredulidad, dando a conocer la maldad de nuestras flaquezas, la avaricia de nuestra debilidad y la soberbia maligna, empeñada en someter al cristiano católico y el temor a imitar la humildad de Cristo Nuestro Señor, distrae su intención para no ver que su obligación es cumplir su doctrina de misericordiosa caridad. La virtud es una disposición perseverante del alma, propia de su naturaleza, pues el ser humano ha sido creado para ser bueno, por eso su inclinación al bien, de donde con facilidad se le inculca practicar el bien y a evitar el mal, porque la caridad es la virtud que excede los términos de nuestra naturaleza, por la cual conocemos a Dios infinitamente digno de ser amado y aceptado sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, profundiza la oración de la fe: “Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles, y en un solo Señor Jesucristo”. Manifiesta a los siglos la perfección de misericordia propia de la esencia de Dios como es su omnipotencia, su amor, sabiduría y muchas más perfecciones divinas en virtud de las cuales el Padre se compadece de los sufrimientos y flaquezas del ser humano, siendo de forma especial en el pecador arrepentido donde el acto de caridad perfecta tiene por motivo la bondad misma de Dios, poseedora de razones espirituales y temporales que benefician a quien arrepentido recibe y vence el temor de las penas y hace suya la esperanza de la felicidad eterna. 

De la parábola “Del hombre sin entrañas” consideraremos dos partes, de la primera conoceremos al deudor de diez mil talentos. La deuda de este hombre como la que todos tenemos para con Dios es y será respetable, pero en esta parábola esa suma era tener riqueza para pagar eso y los intereses, no tenerla era como para no dormir. ¿De dónde obtenerla quien no tiene ese poder económico para resarcir la deuda? Adelantándonos a la enseñanza del divino Maestro, todas las almas tenemos un tiempo de vida, unos muchos años, otros pocos, cada quien de acuerdo a lo previsto por Dios tiene su tiempo de vida, pero como no se sabe sí los años a vivir sean pocos o muchos, lo importante es poner atención y tener presente lo que Cristo Nuestro Señor dijo sobre ello: “Mas en cuanto el día y la hora, nadie sabe, ni los mismos ángeles del cielo, ni el Hijo, sino el Padre. ¡Mirad! ¡Velad! Porque no sabéis cuándo será el tiempo”. En el mundo se vive sin pensar que un día se morirá, de la muerte se tiene la falsa idea de que solo es para las personas de la tercera edad, lo cual es caer en error sin temor, es mejor aceptar que hoy estamos y mañana no estamos, por eso hoy que hay tiempo es tiempo de oportunidad de modificar aquellas cosas que hicimos y que bien sabemos las hicimos con pleno conocimiento de saber lo que hacíamos, cada quien en conciencia conoce el estado de su alma para con Dios, lo mejor es no esperar tiempo y no confiarse de que este no llegue y la deuda para con Dios su Creador sea mayor que la del infeliz deudor, que pudiendo haberse quedado con el perdón de la deuda, su soberbia maligna lo manipuló a no tener misericordia, menos caridad. Veámonos en él, la deuda que con Dios Nuestro Padre tenemos, y comprenderemos que es impagable, solo acercándose a Él y suplicar su benevolente perdón sea consecuencia del arrepentimiento sincero. 

Escuchemos a Jesucristo Nuestro Señor, que en pocas palabras nos ubica el principio de su Catedra: “Por eso el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos”.

Ahora su enseñanza: “Y cuando comenzó a ajustarlas, le trajeron a uno que le era deudor de diez mil talentos.  Como no tenía con qué pagar, mandó el Señor que lo vendiesen a él, a su mujer y a sus hijos y todo cuanto tenía y se pagase la deuda. Entonces arrojándose a sus pies el siervo, postrado, le decía: Ten paciencia conmigo, y te pagaré todo. Movido a compasión el amo de este siervo lo dejó ir y le perdonó la deuda”. En verdad que la misericordia y caridad del divino amor consuela y asombra su sobreabundancia. Cualquiera diría, ¡Increíble, se le ha perdonado enorme deuda! ¿Cuántos hay en el mundo que atosigan, presionan, abusan y roban al deudor que por más apuraciones y tensiones no puede cumplir con su deuda, arrebatándole más de lo que es su obligación: Decir que por favor espere porque su insolvencia es grande, el acreedor se hace sordo, y exaltado su ego en la arrogancia de tener el sartén por el mango, exige y alguien le dice: Dios Nuestro Señor dispone el perdón, y lo que te pide es tiempo … Po respuesta más humillación. 

Perdonado el siervo por su amo de la deuda que era imposible pagarle, expone el Señor: “Al salir, este siervo encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y agarrándolo, lo sofocaba y decía: Paga lo que debes. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba y decía: Ten paciencia conmigo y te pagaré. Mas él no quiso, y lo echó a la cárcel, hasta que pagase la deuda” ¿Qué ha pasado aquí? La suma perdonada contra simples cien denarios no es nada, ¿Porque esa nefasta actitud? Es la conducta humana sanguinaria e inmisericorde, inhumana y vengativa que no detiene su venganza con el prójimo en desgracia, es el simple silencio ante sus tribulaciones, en un acto de desprecio olvida los tiempos pasados, las ocasiones que vivió en este mismo trance angustiante y fue perdonado de todo, hoy con el poder de cobrar y recuperar esa migaja impulsado por la soberbia maligna surge el impulso de la crueldad. Dice San Juan Crisóstomo: “Diciendo que el siervo, al salir se encontró con uno de sus compañeros, significa la mala jugada al compañero, no después de mucho tiempo, sino enseguida; y teniendo todavía ante los ojos al bienhechor, y en los oídos el sonido de su voz: argumento de ingrato, olvido y mal corazón” “Después de ver la conducta del ser humano, que por la ira guardada por haber sido acusado de ladrón es perdonado no corresponde al perdón de su rey, perdonar a su compañero, viene ahora la justicia a obrar en él que prácticamente no quiso imitar el perdón en su prójimo como lo hizo con él su rey. Continúa el Señor la parábola: “Pero al ver sus compañeros lo ocurrido, se contristaron sobre manera y fueron y contaron al amo todo lo que había sucedido. Entonces le llamó su Señor y le dijo: Mal siervo, yo te perdone toda aquella deuda como me suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, puesto que yo me compadecí de ti?” Conociendo el justo proceder del rey contra el deudor, bueno es razonar la diferencia entre los pecados contra Dios y los pecados contra el prójimo, que tanta es la diferencia de los diez mil talentos a la de unos pocos denarios. Pongamos nuestra a mente a meditar sobre la inmensa deuda que tenemos con nuestro Creador: “Y encolerizado el Señor, lo entregó a los verdugos hasta que hubiese pagado toda su deuda. Esto hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano “. Continúa San Juan Crisóstomo: “Y el Señor, irritado, le entregó a los torturadores”. No se dice simplemente: “EL señor lo entregó”, sino “irritado lo entregó”, lo que no ocurrió cuando mandó que fuese vendido él y la mujer, porque allí no hubo cólera, sino amor que incitaba a la enmienda. Los verdugos son los demonios siempre dispuestos a coger almas perdidas y a atormentarlas en las penas de una condenación misteriosa e indecible”

¿Cuál es la enseñanza? Obrar en el amor a Dios y al prójimo, para los que viven en pecado es muy difícil, pero aquellos pocos que se mantienen y conservan su alma en gracia, es perdonar de corazón a sus ofensores, porque el deseo del cristiano católico es mantener la misericordiosa caridad sin límite de Jesucristo Nuestro Señor en él. 

                                                               hefelira@yahoo.com

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