Opinión

Se obró el milagro

A San Antonio María Claret le rogaron que fuera a asistir a bien morir a cuatro reos condenados a muerte. Todos rechazaban la confesión. Él se fue al instante a la cárcel, estuvo con los cuatro reos, les habló con aquel celo y amor que él poseía y logró convertirlos.

Ya en el patíbulo les preguntó, según la fórmula del ritual, si perdonaban a todos aquellos que les hubieran ofendido. Uno de los condenados se adelantó al santo obispo y con voz clara, que fue oída por la multitud, le dijo: -“Yo perdono a todos, excepto a mi madre, ella es la causante de que yo haya venido aquí a acabar mi vida en trance tan horrible, por no haberme corregido cuando debía”.

La multitud que presenciaba la escena quedó presa de honda emoción.

San Antonio María Claret se puso de rodillas junto a los pies del condenado, se inclinó y se los besó. Le suplicaba con toda dulzura y vehemencia perdonase a su pobre madre; que lo hiciera por amor a Jesucristo.

Lloraba la gente conmovida por la actitud humilde de él, y el reo repetía insistentemente. “A usted, padre, nada tengo que perdonar, en nada me ha ofendido; mi madre es la responsable de todo”.

La ejecución no podía retrasarse por más tiempo. El santo obispo oraba fervoroso por la conversión de aquel hombre. El verdugo se impacientaba. Por fin aquel criminal, un momento antes de la ejecución, se reconcilió con su madre y la perdonó.

Nunca hay que decir “esta persona ya no tiene remedio” porque para Dios no hay imposibles.

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