Opinión

Mi amigo Moisés

• Una historia de amor, después del terror

• Se casaron en el campo de concentración

Por Juan Ramón Martín Franco

Cuando era estudiante conocí a Moisés, un judío ruso que se casó con una señora polaca en un campo de concentración nazi.

Lo empecé a tratar porque era mi vecino, vivía en el mismo edificio en el piso de abajo, en la esquina de Libertad y Emerson, enfrenten del edificio llamado Torre la Paz y a una cuadra del Consulado Americano en Guadalajara. Y como todos los días coincidíamos en ir a comprar el periódico nos hicimos amigos.

Todos los días que podía lo visitaba y la señora siempre me regalaba algo, una fruta o una galleta que cocinaba muy sabrosa.

Al paso del tiempo se enfermó y yo le ayudaba en lo que podía. Me comentó que fue del ejército ruso que combatió contra los nazis y que tuvo un buen rango. Padecía de artritis, creía que fue consecuencia de una ocasión en que pasó día y medio metido en un manglar con el agua hasta la cintura y no se podía mover porque estaban rodeados por el ejército alemán.

Quedó afectado por la guerra física y psicológicamente. Como anécdota, vivíamos varios compañeros de Tepa en el piso de arriba de donde Él vivía, y tenía yo unos compañeros que dormían en litera, el de arriba dejaba caer las botas ya que se subía, aunque en ocasiones dejaba una bota abajo y luego dejaba caer la otra, y un día me dijo don Moisés: Dile a tu amigo que las deje caer juntas, porque siento como si fueran bombas y no puedo dormir cuando deja caer nada más una, esperando a ver a qué hora deja caer la otra.

Su enfermedad avanzó y un día me dijo que el fin de semana se iba a ir a la ciudad de México a operar, pero que Él sabía que ya no nos íbamos a volver a ver, y ese fin de semana no tuve las fuerzas necesarias para despedirme y me vine a Tepa. Era la primera vez que una persona me decía que se iba a morir.

Efectivamente, murió en la operación, y su esposa (que no me acuerdo de su nombre) se quedó en la ciudad de México dos meses. Cuando regresó fui a visitarla y yo iba triste, y me dijo: “no estés triste, yo no lo estoy porque Él vivió ocho años más por mí”.

Y me platicó que hacía ocho años le habían detectado cáncer y le preguntó al doctor que cómo lo curaba, y éste le dijo que la operación solamente la realizaban en Houston, que era cara y que no garantizaba que se salvara.

Con esta noticia salió del consultorio. Era un viernes a las 2 de la tarde y se fue directamente al Consulado Americano para sacare su visa, cuando llegó ya estaba cerrado y le dio una propina al vigilante para que le diera el domicilio del Cónsul.

El sábado se levantó a las 7 am y en un taxi fue a la casa del Cónsul, timbró y salió una persona y Ella le pedía hablar con el Cónsul, le decían que no estaba y Ella hablaba más fuerte diciendo que sí estaba, y como hizo un escándalo la pasaron a la casa y salió el Cónsul, Ella le decía que necesitaba una visa para ir a curar a su esposo a Houston y el Cónsul le decía que fuera el lunes al consulado, y Ella le dijo: “No creo que tú quieras ser el culpable de que se muera mi marido”. Y fue tanta su insistencia y fortaleza de la Señora, que el cónsul le dijo a su chofer y guardaespaldas que lo acompañaran a la casa de la Señora, y a las 8 de la mañana llegaron y le dijo a Don Moisés: “Aquí está el cónsul de los Estados Unidos”.

Al ver enfermo a Don Moisés, el Cónsul le selló la visa y la Señora le dijo a éste: “¿Con qué le pago?”. Don Moisés pintaba y le dijo “te regalo lo que quieras”, y Él le contestó que con lo que hacía estaba pagado.

Ya había un problema resuelto, le faltaban dos: uno de ellos conseguir dinero, visitó a parientes y amigos, les vendió sus collares y pulseras y compró el boleto de avión, y para el domingo ya lo estaban internando en el hospital. Le dijo al doctor: “Cúramelo, no tengo dinero, pero lo que tengo es tuyo”. El doctor no le cobró y el hospital le hizo un buen descuento.

Me dijo: “a ti te consta que no dormía por cuidarlo, en vida le dediqué todo el tiempo, por eso no estoy triste” y me volvió a repetir “haz todo en vida, no te esperes a que alguien se muera”.

Y me dijo: “Como Moisés te quería mucho, escoge unos zapatos y una corbata (nuevos)”, tenía la ropa usada que la iba a mandar a Israel, y lo nuevo separado.

Me mostró una carta escrita por un sobrino, donde le decía que tenía voluntad de hierro. Y me dijo: “Te voy a contar mi historia”:

“Yo vivía en Auschwitz, en Polonia, donde estuvo el mayor campo de concentración para judíos de toda Europa, y me dedicaba a sacar paisanos de la ciudad para que escaparan, vi cómo agarraron a mi papá y a mi hermano y los fusilaron, yo estaba escondida y seguí ayudando hasta que me agarraron y me metieron al campo de concentración, ahí conocí a Moisés y nos casamos en el mismo campo. Al terminar la guerra nos venimos a México cuando Echeverría era secretario de Gobernación y el presidente era Díaz Ordaz”.

Y agregó: “Después de lo que he vivido nada me dobla. Ustedes los mexicanos no han sufrido como nosotros, acuérdate que todo tiene solución, menos la muerte”.

Ese día aprendí el significado de estas palabras y me quedó claro que a veces nos quejamos de muchas cosas que tienen solución.

Tenemos que darle importancia a las cosas que valen la pena, y como la Señora, a no tener límites para buscar soluciones.

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